Hace poco, la RAE publicó un documento que parece necesario a esta altura. El informe «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer», propuesto por el académico Ignacio Bosque y suscripto por sus pares, puso un freno a la proliferación de guías de lenguaje no sexista que comenzaron a aparecer en España e Hispanoamérica y que buscan reformar unlilateralmente la gramática a fuerza de normativas.
El texto de Bosque no niega los casos de redacción machista y de elocuente estupidez (v. g. “Los ingleses prefieren el té al café, como prefieren las mujeres rubias a las morenas”) pero separa los tantos: una cosa es buscar igualdad real y otra muy distinta es ensañarse con el masculino genérico (propiedad morfológica del idioma) que no discrimina a nadie.
Si para ser inclusivos tenemos que decir “los ciudadanos y las ciudadanas” a cada paso, o inventar piruetas como “el estudiantado” para no decir “los estudiantes”, atentamos contra la fluidez y la economía del lenguaje además de volver inviable cualquier conversación.
Bosque, con ironía, devuelve la “gentileza” a quienes acusan a la RAE de ser rígida y alejada de la realidad:
«Llama la atención el que sean tantas las personas que creen que los significados de las palabras se deciden en asambleas de notables, y que se negocian y se promulgan como las leyes. Parecen pensar que el sistema lingüístico es una especie de código civil o de la circulación: cada norma tiene su fecha; cada ley se revisa, se negocia o se enmienda en determinada ocasión, sea la elección del indicativo o del subjuntivo, la posición del adjetivo, la concordancia de tiempos o la acepción cuarta de este verbo o aquel sustantivo».
En 1995 viajé a un congreso en Río de Janeiro y compré un libro que me resultó curioso y provocativo: Contos de Fadas Politicamente Corretos. Eran versiones humorísticas de los clásicos cuentos de hadas (luego me enteré que era la traducción al portugués de Politically Correct Bedtime Stories de James Finn Garner).
Garner abre el paraguas de la “corrección política” tan de moda en ese momento y cuenta:
“Érase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente —si bien privilegiada— de esta clase de clasificaciones cromáticas”.
Imagínense ahora cómo describe a Cenicienta, al lobo de Caperucita o a los siete enanitos…

Garner muestra por el absurdo que es imposible tratar de imponer términos, definiciones y clasificaciones para que sean usados por los hablantes en el día a día. De hecho, la moda terminológica de la “corrección política” ya ha desaparecido por completo.
Los cambios en la lengua se dan en el mundo real, a pesar de los que planifican experimentos de laboratorio y buscan crear una “legislación” para explicarnos cómo debemos hablar y escribir.



