Siempre me sorprende ver cómo muchos de los errores de un texto pueden evitarse si se piensa en el lector. A veces es suficiente con un momento para tomar en cuenta a nuestro destinatario y así asegurarnos de que el mensaje sea efectivo.
Escribir supone una forma de comunicarse, de generar un ida y vuelta con quienes nos leen. Y aunque la mayoría de las veces ese intercambio es un proceso «en ausencia» y silencioso, un texto bien escrito establece un diálogo, propone una discusión, una reflexión.
Una buena redacción nos permite comprender, pensar, preguntarnos; una escritura descuidada y pobre, desalienta. En general, la gente justifica muchos de los errores por la falta de tiempo para redactar o corregir. Pero creo que la principal causa es la dificultad para pensar en el otro.
Para muchos, la escritura funciona como un velo tras el que se esconden, sienten que cuando escriben no son vistos, que los «detalles» pasarán desapercibidos. Pero la escritura transmite tonos, climas, ideas.
Cuando se pierde de vista al lector, se escribe desde uno y para uno. El texto, que debía ser un puente entre dos o más personas, es apenas un hilo que se ovilla sobre su eje, y no importa cuánto tire el lector del hilo, jamás lo desenrollará.