¿Hablar bien es solo hablar claro, tener buena dicción o evitar las muletillas? No, aunque es condición necesaria. Una presentación eficaz empieza antes de abrir la boca: hay que saber qué queremos conseguir, a quién tenemos enfrente y qué queremos que esa persona recuerde (y eventualmente haga) cuando terminemos.
Hace más de dos mil años Aristóteles ya había puesto nombre a esto. En su Retórica distinguió tres elementos que seguimos usando: la credibilidad (y la prestancia) de quien habla, la calidad de las ideas y las emociones que evoca en quien escucha. Ninguno alcanza solo: un discurso lleno de datos puede ser impecable y no interesarle a nadie, y una historia conmovedora puede emocionar sin sostener ninguna propuesta.
Contar una historia no nació, evidentemente, con el mundo helénico, ha sido desde el principio de los tiempos una manera de reunirnos, pensar, trascender, emocionar, convencer. Crear un discurso para otros que pedure.
Desde una pequeña cueva en Indonesia hace 50.000 años (con escenas de caza rupestres como ayudas visuales) hasta las máximas de Vizcacha al hijo de Fierro alrededor del fuego mantener la atención y sembrar ideas son esencia humana pura.
En estos reapareció el término storytelling, contar una historia ordena la información alrededor de una situación, un conflicto, una decisión y sus consecuencias. En mis clases siempre lo explico fácilemente: “el storytelling funciona como una fábula pero sin animales”.
Creo que todos nos damos cuenta de que no hace falta convertir cada presentación en un cuento; alcanza con entender que la gente recuerda mejor lo que puede relacionar con una experiencia o un problema.
En el mundo profesional esa misma lógica caló bastante e incluso se condensó todavía más en el pitching, donde el desafío es económico: se quita, se omite, se abrevia.
Aristóteles, el storytelling y el pitch llegan al mismo lugar por caminos distintos: los tres obligan a decidir qué decir, cómo organizarlo y para quién. Una buena presentación no es la que junta más información, sino la que encuentra la forma justa para que esa información se entienda.
Por eso, antes de armar diapositivas, escribir un discurso o ensayar un pitch, conviene hacerse una pregunta simple: ¿qué quiero que el otro entienda, recuerde o haga después de escucharme?
La respuesta determinará el resto.



