Sí, la frase existió. Me la dijo una alumna con bastante naturalidad hace unos años. Y muchas personas realmente lo piensan aunque no lo confiesen. Pero la cuestión no es tanto la frase en sí misma sino de dónde proviene.
Existe una idea bastante instalada, sobre todo en ámbitos profesionales, académicos y administrativos: cuanto más complejo es un texto, más serio parece. O peor aún, “dice cosas más profundas o interesantes porque no usa un vocabulario corriente o invierte el lugar del sujeto y el predicado (y no ya como los viejos hipérbaton de Bécquer o Lope de Vega).
Una complejidad artificial construida a fuerza de frases interminables, algunos latinazgos o expresiones que ni nuestros bisabuelos usaban.
El resultado es invariable: leer dos o tres veces la misma frase; y un mensaje bastante oscuro que dice que no estás a la altura de “semejante” texto.
Entiendo que a veces, claro, hay términos más complejos propios de alguna disciplina (no es lo mismo “el inconsciente” que el inconsciente de mi primo). Sin embargo, ¿para qué decir que “ha acaecido un imprevisto”? Sobre todo cuando tu frase siguiente es “xfa”.
Una escritura sencilla puede ser elegante, atractiva y —sobre todo— transmitir ideas muy interesantes.
Aunque tampoco la cuestión solo se trata de la claridad: un texto con palabras sencillas puede ser imposible de seguir, y uno lleno de términos técnicos puede resultar perfectamente claro. El tema es desarrollar criterio, aprender.
Si estoy más preocupado por demostrar lo que sé que por comunicar mi texto está en problemas. Florecen los laberintos de pedantería, las subordinadas interminables y la pésima experiencia al momento de leer.
Y me anticipo: un texto claro no le ahorra el pensar al lector, ni le baja la vara: le permite concentrarse en las ideas en lugar de tratar descifrar cómo está armada esa frase.
No hay que meter el ego entre las ideas de un texto y el lector; la premisa debe ser siempre sacar obstáculos. Con menos humo siempre se ve mejor.



